CAPITULO 1
La luz de la luna se filtra a través de la cortina, dibujando los contornos difusos de una ciudad ennegrecida. Por la ventana entra el gemido de las llantas de un coche, frenando, mordiendo el asfalto con hambre de poder.
Estoy en mi departamento, frente a mí está Enrique, sus retinas no resisten las lámparas o el sol, la única prueba de su existencia radica en el cigarro, la punta rojiza se enciende antes de cada bocanada de humo. Le gustaría decir que es un vampiro, que busca la oscuridad por una maldición bíblica; pero sólo es un viejo, fotosensible amigo.
Llevamos tres horas de música, cuatro cajetillas de cigarros, medio cartón de cervezas, cero palabras, ninguna respuesta. Enrique quiere decirme algo, sólo alcanzo a ver su silueta, pero el humo del cigarro está gritando por un escucha.
"Espérame un minuto, ahorita vengo", le digo en voz baja, tomo mis llaves y salgo a la esquina, donde está el chavo delgado que vende droga. Compro un poco de mariguana para aflojarle la lengua a mi amigo, prefiero ordenar sus balbuceos a soportar su silencio.
Me tardo veinte minutos con el dealer, regreso a mi departamento, pero no logro sacarle nada a Enrique, no puedo hacer que hable, porque ya está muerto; alguien entró en mi departamento y le cortó el cuello. Sólo veinte minutos. La cabeza de mi amigo cuelga de lado, como un títere en un rincón. Destapo la última cerveza del cartón, me fumo el último cigarro y me asomo por la ventana, mirando una ciudad que parece ahogarse en tinta negra.
Mi cuate, amigo, hermano. Le quito los lentes oscuros, veo las cuencas vacías de tus ojos. Un torrente de cerveza y ceniza va desde mi estómago hasta el caño, aprieto los dientes, recorro con la mirada los cincuenta y dos metros de mi departamento, encuentro abierta la ventana de mi cuarto, la que da al patio y a un pedazo de techo.
Faltan cuatro horas para que amanezca, llevado por algún recuerdo pretensioso coloco una moneda de diez pesos en los parpados vacios de Enrique, cubro su cuerpo con una sábana, me siento a su lado para forjar un toque de marihuana, fumo hasta que dejo de temblar.
Esperó a que mi corazón deje de bombear como un pistón, abro el único mueble de la cocineta, y me sirvo vaso del galón de mezcal que me traje de Oaxaca, trago una braza de fuego que calienta mi estómago. A partir del tercer trago, dejo de tener miedo, y en el momento justo de alcanzar el fondo de vidrio, empiezo a odiar al hombre que lo mató.
Así me quedé toda la noche, despierto, tomando, odiando. Enrique, velé tu cadáver hasta que el sol atravesó el cristal de la ventana traidora, la que ayudó al ladrón de tus ojos. Te dejo cuidando la casa, voy al metro a comprar tamales y atole, lo bueno de madrugar, es que puedo alcanzar los de hoja de plátano, para acompañar el mezcal.
Desayuno afuera de una ferretería, espero a que la abran, mientras como una guajolota oaxaqueña, ayudo a mi garganta con un champurrado, un desayuno humilde de pan relleno de masa, frita en grasa, con agua de harina. Compro un hacha pintada de rojo, recojo un pedazo de tronco al lado de la lechería, saludo a mi vecina, la que sale muy temprano a barrer la banqueta, arrastro la madera por las escaleras, me encuentro a Don Arturo en el camino, el que vive abajo, le prometo limpiar la tierra que estoy dejando a mi paso, ¿Algún ruido extraño en la noche? ¿No? ¿Nada? Tengo un desperfecto, algo en la tubería, no me dejó dormir, tengo que arreglarlo, perdón de antemano por el escándalo.
Entro a mi departamento, te quito la sábana de encima. ¿Hace cuánto que no veía tu rostro bajo la luz del sol? ¿El que te mató sabía lo de tus ojos fotosensibles? ¿Por eso te los quitó? Esperó un rato, hasta que escuchó a las madres apurando a sus hijos.
Amigo Enrique, te quito la ropa, me la pongo aunque me quede grande, tomo en herencia tus llaves y tu cartera, abro en canal mis bolsas de basura, muevo los muebles y tapizo el piso de negro, tienes el cuerpo rígido, me cuesta trabajo acostarte en el tronco.
Un último trago de mezcal, aprieto mi estómago, utilizo mi imaginación, estoy en un campamento junto al Iztaccíhuatl, con mi familia, mi padrastro me grita con su voz de barrio, hay que tener lista la fogata, me convenzo de que eres madera, y te corto en setenta y nueve pedazos de leña.
Te guardo en tres bolsas negras, en otra pongo tu camisa y tus pantalones de mezclilla, me tengo que dar un baño, el desayuno amenaza con escapar de mi barriga, pero no quiero sentir asco, así es que mientras tallo las manchas rojas de mis costillas, me concentro en odiarlo, en proyectar mi rabia por una silueta negra, que entró por mi ventana, te corto el cuello y arrancó tus ojos, en los casi veinte minutos que tardé en ir a una esquina.
Tengo mucho tiempo libre Enrique, así que conozco este barrio a la perfección, sus calles, personajes y horarios, sé que a las tres tengo que sacarte y llevarte al mercado, porque a esta hora pasa un viejo con una carretilla de metal, jalada por un burro, se lleva tu carne junto a otros desechos, lo siento mucho amigo, pero sé que va a usarte para alimentar a sus puercos.
Regreso a limpiar la sala y el baño con ácido muriático, las manchas se disuelven en un espuma café, el olor es tan fuerte que casi me desmayo, tocan a la puerta, perdone Don Arturo, pero ya que arreglé la tubería, encontré un chingo de sarro, aguánteme una hora, no sea malito, se va gruñendo algún insulto, mientras yo imagino una silueta disolviéndose en químicos. Mientras tallo y enjuago, pienso en ti, amigo Enrique, no tenías familia, no te graduaste, tu negocio era ilegal, no sacaste la IFE porque te daban güeva las elecciones.
Le cumplo a mi vecino, termino en una hora, en sesenta minutos deja de existir tu rastro, y no quedó ni una mancha de nuestra amistad. A las diez de la noche salgo a comprar pan, paso por un baldío lleno de basura, les regalo diez pesos a los teporochos, deposito tu ropa en un bote en llamas
Perdón por no darte una sepultura, perdón por no llamar a la policía, pero eso es lo que él busca, imagina su sorpresa cuando no salga tu rostro en La Prensa, va a encabronarse mucho buscándonos en las notas rojas, va a desgarrar con sus dedos El Alarma, pero no estaremos ahí, no le daremos ese gusto. Él cuenta con el olvido, con tu recuerdo hecho cenizas, como tu ropa en el lote baldío, pero no lo permitiré amigo mío, compañero, carnal, valedor. Le voy a dar setenta y nueva motivos para recordarte, antes de sacarle los ojos.
No ya en serio me gustaria conversar contigo y terminar ese juego de Demons que quedo pendiente te late???