Marianita de mi vida, si te escribo es por la única razón que estoy hasta las patas de borracho, y porque en Lima, a pesar de tener pareja, me siento solo, triste, y nuevamente solo.
Pero ya vez, mi amor, aún en estos momentos de agonía existe algo por que vivir; o sea que para mí ese algo eres únicamente TÚ, y perdóname si me estoy sobrepasando con decirte mi amor, pero debes de entender, mi amor, que la borrachera no respeta el presente, ni la distancia, ni los sentimientos, y decirte mi amor es una forma de creer que alguna vez lo fui para ti…
Bueno, creo haberte dicho, líneas más arriba, que estoy hasta la patas de borracho, y por estar así espero me perdones hasta el haber imaginado que algún día fui tu amor, porque soy conciente de que hay que ser desquiciada para amar a un sujeto como yo, que lo único que sabe es morirse amor por aquellas mujeres que jamás serán para él.
Y dale la burra al trigo, me dirás, porque hasta el momento de lo único que te he hablado es de amor, pero tienes que entender, pues, mi amor (sorry, no puedo evitarlo), que ya te he dicho que me siento solo, triste, y nuevamente solo, y esa soledad en parte es tu culpa. Dime algo: cómo rayos hiciste para quererte tanto, y, de paso, respóndeme cómo rayos hago para sacarte de mis tuétanos… Claro que tú me dirás: ¿Antonio, qué demonios tienen que ver los tuétanos conmigo? Pero no te alarmes, marianita, que todo tiene explicación, y por favor no te enojes conmigo, que bastará con mencionarte que tú eres para mí algo así como un amor vallejiano… Sí, así como lo escuchas: un amor vallejiano. ¡Que romántico!, ¿no?
Creo imaginar que estoy a la mitad de todos mis caminos, aunque solo, triste, y nuevamente solo, como ya lo he repetido hasta el cansancio, pero agradezco el que Dios te halla puesto en algún rincón privilegiado de mi vida, y espero, con todo el alma, el que te quedes allí para siempre, aunque en la quinta línea del párrafo anterior halla dicho lo contrario, pero entenderás que se trata de la pura soberbia del licor.
Bueno, hablando de licor, siento que la borrachera se me va pasando de a poquitos, y de a poquitos también me voy quedando sin tener nada más que decir, al menos por el momento, y no sabes el rubor que sentiré mañana cuando leas ésta misiva. ¡Que horror! ¡Qué pensarás de mí! Segurito dirás que solamente borracho me muero por ti, y… bueno, en parte es cierto, ya que la única forma de morir de amor es en estado etílico, y te suplico no hagáis esto en casa, por favor, ya que puede ser peligroso…
Bueno, Marianita del alma mía, luz de donde el sol te toma, ya me despido y, por lo que más quieras, permíteme decirte por última vez mi amor, y espero con todo el alma, mi amor (ojalá me lo hallas permitido, aunque yo no sea tu amor, claro está), que jamás te olvides de este futuro escritor que algún día escribirá muchas novelas en tu nombre, como la mujer que sobrevivió al tiempo, la distancia, y el olvido... ¡Y chúpate esa, marianita! Por que en tu vida te volverán a decir nada más hermoso que aquella última frasecita…
Atte.
Antonio Vílchez Moreno.
Lima, 9 de enero del 2007.
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