Recuerdo aquellas tardes de verano en las cuales me empeñaba en pasar horas y horas, tumbada en el suelo sobre una fea y desgastada toalla naranja, observando los aviones que cruzaban el cielo y cómo esa fina línea blanca que dejaban, desaparecía tras unos minutos.
A mi lado siempre había un pedazo de pan untado con tu mermelada preferida, a base de dátiles, que llamaba a gritos a las hormigas y a alguna mosca hambrienta. Pero yo seguía hay mirando hacia arriba con mis gafas de sol, en busca de aquellas estelas y soñando con poder algún día viajar en uno de esos aviones ruidosos sobre los que tantas veces hablaba en mis relatos.
El cielo y la mermelada: mis únicas aficiones durante aquel largo mes de agosto.
Tampoco he olvidado aquella historia, producto de mi imponente imaginación, acerca de mi familia que viajaba a Australia. Tomaban un vuelo y ellos eran los únicos pasajeros. Permanecieron horas encerrados en lo alto víctimas de un gran malestar que yo era capaz de transmitirles mientras leían mis palabras.
Admiro ese talento para dar con la frase adecuada en cada momento, envidian mi seguridad y soy consciente de que solamente la escritura es capaz de derribar mi desagradable holgazanería.
Y en estos momentos me relajo tumbada al sol, adentrándome en un oscuro túnel formado por recuerdos.
Apoyo mi cabeza en aquel gordo diccionario con el que jugábamos a aprender tres palabras al día y disfruto del sol mientras vuelas a Sydney para presentar allí mi nueva novela.
La flacidez de mi voluminoso cuerpo y esas manos regordetas y torpes contrastaban con mi lengua afilada y mi mente inquieta. Mis ideas siempre se movían de un lado para otro, las páginas en blanco se llenaban de palabras y los relatos fluían con facilidad mientras permanecía postrada en cualquier rincón.
Regreso de nuevo al presente y me percato de que mis sueños se han cumplido. Observo mi reflejo en el cristal de la puerta mientras saboreo, abatida, un pedazo de pan con mermelada…
Una vez más la caprichosa suerte ganó la batalla y convirtió mi esfuerzo en insignificante ante sus hábiles manos que no cesan de tejer el destino a su antojo....
Bett Mêhrlicht.
k diios te bendiiga...!